
Y desde entonces, concluía Fermín ante los hermanos, la Iglesia oficial está al servicio del Imperio. Si Cristo, el carpintero hijo de Dios, volviese hoy al mundo, con sus discípulos incultos y de clase obrera, con sus amistades peligrosas de putas, leprosos y vagabundos, no lo dudéis, la Iglesia oficial lo condenaría. Se callaría como una gran zorra ante su crucifixión. Y todos asentían, porque lo que proclamaba Fermín era de sentido común y hasta un obispo, en confianza y con franqueza, suscribiría estas palabras, pues a la Iglesia le había sucedido lo que al oro de ley cuando se funde con el falso, que todo se convierte en impuro.
Pero ellos, la comunidad, creían de verdad. Eran la rama dorada. Y entre ellos, Ana y él, los más ardientes, los más activos en la fe renovada.
Entre las incontables motas de polvo suspendidas en el aire, intenta distinguir dos que se hagan notar, que se singularicen. Ve ahora a Ana que se levanta. Lleva un traje de chaqueta rojo, con una blusa blanca orlada de encaje, un bordado hilado en la piel, como virguería de santero sobre torso hermosamente tallado. En el tic del labio inferior, como una delación corporal, le tiemblan las antaño enigmáticas metáforas del Cantar de los Cantares. Cual cinta carmesí es tu boca. Medias granadas tus mejillas. Atalaya davídica es tu cuello, bien dotada de almenas. Va Ana decidida, casi enérgica, hacia el atril y procede a la lectura del Evangelio según Mateo.
Subió Dios a la barca, y le siguieron sus discípulos. De repente, se levantó tan gran temporal que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Los discípulos fueron a despertarlo, exclamando:
– ¡Señor, sálvanos que perecemos!
