Él les dijo:

– ¿Por qué os acobardáis, hombres de poca fe?

Y poniéndose en pie increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Los hombres, asombrados, decían:

– ¿Quién será este, al que incluso los vientos y el mar obedecen?

No abandonar la barca, a pesar del temporal. Ésa era la conclusión a la que finalmente llegaban cuando en aquellas misas en forma de asambleas discutían la conveniencia de abandonar o no la Iglesia oficial, empezar de nuevo, de la misma manera que él, Fermín, había sustituido con alivio la sotana por los pantalones vaqueros. Sólo en circunstancias especiales, como la visita a un moribundo, y por no causarles turbación a los feligreses más conservadores que no pertenecían a la comunidad de base, vestía clergyman, con aquel cuello rígido que le oprimía como argolla la nuez de la garganta.

Como ahora, en Vetusta.

Había ido allí para visitar a un moribundo. A su tío Jaime, aquejado de un cáncer.

De joven iba a cazar con él. Recordaba aquellas jornadas como un suplicio. Toda caza requiere un silencio, decía el tío Jaime, pero la de las volátiles exige un silencio absoluto. Total. Y lo decía clavándote el carámbano de su mirada. Fermín nunca disparó. Se dejaba ir por las charcas y marismas como un leño muerto. Temía que si lo hacía y erraba el disparo, su propio tío le reventaría la cabeza de un tiro con la misma frialdad que a un pato salvaje.

¿Por qué le acompañaba, si nadie quería hacerlo?

El tío Jaime representaba todo lo que él odiaba. Representaba la impiedad. También se la había encontrado en el Seminario, pero de otra forma, disfrazada, cínica, resabiada. La primera lección, la lección inolvidable, fue cuando ocupó su habitación de interno y colocó en la estantería, demorándose, su más preciado tesoro. Los libros de Guillermo Brown y aquellos escritos por Emilio Salgari, Julio Verne, Mark Twain y Stevenson. Cuando acudió el padre Es-colano, el que sería su tutor, empezó a blasfemar como sólo un cura lleno de furor puede hacerlo. Nunca más supo de sus libros de aventuras. Quizá la razón que lo empujaba a acompañar a Jaime, el alférez cazador, tenía algo que ver con aquel episodio del Seminario. Mejor estar cerca de la brutalidad sin matices, aniquilar de una vez la nostalgia de la aventura.



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