
Al borde de la muerte, su tío lo hizo llamar. Hacía mucho tiempo que no se hablaban. Para el ex alférez y notario franquista, Fermín era algo peor que un cura rojo. ¡Es que es bobo!, exclamaba, ¿no veis que es bobo? No conozco a nadie que sea inteligente y bueno al mismo tiempo. Y aún añadía, entre dientes: Soporto a los que fingen creer en algo, pero no a los que creen de verdad. Lo que resultaba coherente con la idea que Fermín tenía de su tío y que se lo hizo aborrecible con el tiempo, cuando tuvo la valentía de decirle: Tu alma es el punto de mira de un fusil.
Es cierto, le dijo ahora su tío con voz ahogada por la enfermedad, es cierto aquello que me echaste en cara. Sus ojos de hielo tenían un insólito brillo de paz.
Siempre he sido un cabrón, dijo el tío Jaime, pero quiero contarte algo.
¿Es una confesión?, preguntó el sobrino en tono profesional.
¡No me jodas!, exclamó el tío Jaime volviendo al estilo que le era habitual. ¡Na me seas cura! Escucha, lo que tienes que hacer es escuchar. Tú sabes escuchar. Yo hice algo bueno, ¿sabes? Maté a cinco tipos.
Fermín lo miró con horror. No pensaba en las cinco muertes. Su tío era capaz de eso y de mucho más. Pensaba en la locura de confesarlo ahora. En la estupidez de interrumpir con ese arranque el curso natural de la muerte.
Tuvo el valor de decir: ¡Me importa un cara-jo lo que hayas hecho!
¡Escucha, Fermín, no seas tonto!, balbució el tío Jaime. Siempre has sido un poco tonto. Por eso te lo cuento, porque eres tonto y bueno. Escucha. Fue durante la guerra. Para mí, la guerra era la guerra. Procuraba apuntar bien, no lo dudes.
