
Brotó otro recuerdo perturbador: El recuerdo de Xistra, la pelirroja de los Aneares. Ella había estado en Barcelona, emigrante, con un pasado que se le suponía agitado, y retornó con una cierta fatalidad en los ojos que no velaba del todo el brillo de la vida.
El alma de Xistra, pensó, era como un carcaj de flechas llevado en bandolera por una amazona superviviente.
Xistra abrió una taberna justo enfrente de la iglesia a la que Fermín había sido destinado. En cierta forma, ambos competían por el alma de los feligreses. Pero se hicieron amigos, no sin cierto escándalo. Sin embargo, pese a las habladurías, era una amistad pura. Él no estaba enamorado de Xistra. Admiraba sus gestos osados, su libertad. Adoraba su pelo rojo y rizado por la misma razón que adoraba las bayas del acebo que crecía silvestre en una sombra del bosque.
El obispo acudió a la montaña para la fiesta de la confirmación. Se celebró un gran banquete campestre. Las gaitas sonaron como gorjeos carnales de la tierra. Pero a los postres, cuando todos paladeaban el almíbar de los melocotones, se hizo un silencio y Mundo, el patriarca de aquel lugar, se dirigió a monseñor.
Tenemos un buen cura, señor obispo. Lástima que no esté capado como los bueyes.
Al día siguiente, Fermín tenía un nuevo destino.
¿Qué habría sido de Ana? El se marchó del motel como un fugitivo, como un marido putero al que su mujer esperaba haciendo punto de cruz ante el televisor. Recogió precipitadamente su cepillo de dientes, su ropa interior y no dijo palabra, con el sabor del salitre del pecado en el labio inferior.
Mi alma, pensó, son esas piedras amontonadas tras la catedral. Los dados de Dios. Un póquer fallido.
