
Su mayordomo a tiempo parcial llevaba una ancha camisa de seda amarilla y unos pantalones bombachos rojos de tela de sari. Le encantaban las ropas exóticas y, siempre que le resultaba posible, Fiona le traía hermosas telas de los lugares a los que viajaba. A ella le fascinaba la capacidad que tenía para transformar aquellas telas. Su nombre era Jamal, era paquistaní, y aunque tenía algunas costumbres ciertamente pintorescas, la mayor parte del tiempo era muy eficiente. Sus carencias en el dominio de las artes domésticas las suplía a base de creatividad y flexibilidad, lo cual encajaba a la perfección con Fiona. Ella podía sacarse perfectamente una docena de invitados para cenar de la chistera y él se las ingeniaba para crear estupendos arreglos florales y tener preparada comida para todos; aunque esa noche el servicio de catering se estaba encargando de la cena. Media docena de personas estaba trabajando en la cocina de Fiona, y Jamal había cubierto el centro de la mesa del comedor con musgo, delicadas flores y velas. Había transformado la estancia en un jardín hindú, colocando también salvamanteles de seda fucsia y servilletas color turquesa. La mesa tenía un aspecto suntuoso. El aspecto ideal para una de las fiestas de Fiona, que eran ya legendarias en la ciudad.
– ¡Perfecto! -dijo con una amplia sonrisa, y después subió la escalera para darse una ducha y vestirse, seguida con gran esfuerzo por Sir Winston. Cuando el perro llegó a lo alto de la escalera, Fiona ya se había quitado la ropa y entrado en la ducha.
