A John le alivió escuchar aquellas palabras. La revista era una gran cuenta para su empresa, y él había empezado a mirar un poco más allá en su trato directo con Fiona Monaghan. De hecho, mientras se tomaba un segundo vaso de limonada, coincidiendo con que el aire acondicionado empezó a funcionar otra vez, decidió que le gustaba. Le gustaba su estilo, así como su manera directa de tratar los asuntos y de exponer sus necesidades. Tenía ideas muy claras respecto a la publicidad, y también las tenía respecto a su negocio. Cuando se puso en pie para marcharse, casi lamentó tener que poner fin a aquel encuentro. Le había gustado hablar con ella. Era dura, pero también objetiva. Era muy femenina y fuerte al mismo tiempo. Era una mujer temible y admirable.

Fiona le acompañó hasta el ascensor, algo que no acostumbraba hacer. Por lo general, estaba deseando volver al trabajo, pero dedicó aún unos minutos más a hablar con él, y se sentía a gusto cuando regresó a su despacho. Era un buen hombre, inteligente, rápido, divertido y no tan estirado como podían dar a entender su traje gris, su camisa blanca y su corbata azul marino. Parecía más un banquero que el director de una agencia de publicidad, pero le gustó comprobar que llevaba unos zapatos elegantes y caros; supuso que los habría comprado en Londres y también se dijo que el traje a medida le sentaba como un guante. John Anderson tenía una imagen muy definida, que contrastaba llamativamente con la suya. En todos los sentidos, y sin duda en lo relativo al gusto y al estilo, Fiona era más atrevida. Podía ponerse prácticamente cualquier cosa, pero siempre estaba estupenda.

Salió a última hora del despacho esa tarde y, como siempre, con prisas. Detuvo un taxi frente al edificio de la redacción en Park Avenue y se dirigió hacia su casa de ladrillo rojo. Llegó a casa pasadas las seis de la tarde, totalmente abrumada a causa del calor pasado en el taxi. En cuanto entró en casa escuchó el barullo en la cocina.



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