La doctora le hizo recorrer los dormitorios y las habitaciones supervisadas de los cuadrúmanos más jóvenes.

Los más pequeños eran los que más asombraban a Leo. Parecía haber tantos… Tal vez le daba esa impresión porque se movían muy rápido. Había unos treinta chicos de unos cinco años que saltaban en el gimnasio de caída libre como si fueran pelotas de ping pong. Mientras tanto, la encargada de cuidarlos, una mujer a la que llamaban Mamá Nula, y dos cuadrúmanos adolescentes que le ayudaban los hacían salir de su clase de lectura. Pero entonces, ella dio unas palmadas y puso música y los niños representaron un juego, o una danza —Leo no estaba muy seguro—, mientras lo miraban de reojo y se sonreían. El juego consistía en crear una especie de icosaedro en el aire, como si fuera una pirámide humana, sólo que más compleja. Todos de la mano, cambiaban formaciones al ritmo de la música. Se oyeron unos gritos de desesperación cuando uno de los pequeños resbaló y echó a perder la formación del grupo. Cuando se alcanzaba la perfección, todo el mundo ganaba. Leo no podía evitar que el juego le gustara. Cuando observó que Leo se reía al ver cómo los cuadrúmanos se arremolinaban a su alrededor, la doctora Yei pareció irradiar felicidad.

Pero al finalizar el recorrido, lo estudió, con una sonrisa.

—Señor Graf, sigue estando preocupado. ¿Está seguro de no esconder ningún complejo de Frankenstein con todo esto? Está bien que lo admita ante mí. Por cierto, me gustaría que me hablara de eso.

—No se trata de eso —dijo Leo pausadamente—. Es sólo que… Bueno, en realidad, no puedo objetar nada a la manera en que intenta que aprendan a agruparse, dado que vivirán toda la vida en estaciones espaciales muy pobladas. Están muy bien disciplinados, para la edad que tienen. Eso también es bueno…



23 из 271