—Sí, totalmente claro —dijo Leo.

—Lo siento —respondió sinceramente—. Pero hasta que haya pasado un tiempo en el Hábitat, debe abstenerse de hacer juicios prematuros.

Soy un ingeniero de pruebas, señora, pensó Leo. Mi trabajo consiste en hacer juicios todo el día. Pero no dijo lo que pensaba en voz alta. Lograron alcanzar un tono de leve cordialidad.

El vídeo de entretenimiento se llamaba Animales, Animales, Animales. Silver volvió a pasar la secuencia de los «Gatos» por tercera vez.

—¿Otra vez? —dijo Claire, que también se encontraba en la sala de vídeo.

—Sólo una más —le rogó Silver. Abrió la boca ante la fascinación que le produjo ver aparecer el persa negro en la pantalla. Pero por respeto a Claire, bajó la música y la narración. La criatura estaba acurrucada, lamiendo leche de un recipiente. Estaba adherida al suelo, por el efecto de la gravedad terrestre. Las gotitas blancas que le caían de la lengua rosada volvían a caer en el recipiente, como si estuvieran magnetizadas.

—Me gustaría tener un gato. Parecen tan suaves…

Silver extendió la mano inferior derecha para acariciar la imagen de tamaño natural. No había ninguna sensación táctil. Solamente podía ver cómo la película coloreada le acariciaba la piel. Con la mano tocó al gato y suspiró.

—Mira, uno lo puede tener en sus brazos como a un bebé. —El vídeo mostraba ahora al dueño terrestre del gato que lo recogía en sus brazos. Los dos parecían presumidos.

—Bueno, tal vez te permitan tener un bebé pronto —dijo Claire.

—No es lo mismo —le contestó Silver. Sin embargo, no podía dejar de mirar con cierta envidia a Andy, que dormía acurrucado cerca de su madre—. Me pregunto si alguna vez tendré la oportunidad de descender del espacio.



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