—¿Para qué? —le preguntó Claire—. ¿A quién le gustaría? Parece tan incómodo. Y además peligroso.

—Los terrestres se las apañan. De todas maneras, todas las cosas interesantes parecen venir de los planetas. Y las personas interesantes, también, agregó con el pensamiento. Recordó su ex profesor, el señor Van Atta. También al señor Graf, a quien había conocido mientras cumplía su turno matutino en Hidroponía. Otro alguien con piernas que visitaba varios lugares y hacía que sucedieran cosas. Van Atta había dicho que había nacido .en el viejo planeta Tierra.

De pronto, se oyó un golpe sordo en la puerta de la burbuja a prueba de ruidos. Silver la abrió con su control remoto. Siggy, con la camiseta y los shorts amarillos del personal de Mantenimiento de los Sistemas de Aire, asomó la cabeza.

—Todo arreglado, Silver.

—Muy bien. Pasa.

Siggy entró en la cámara. Ella volvió a cerrar la puerta. Siggy se dio la vuelta, sacó una herramienta de un bolsillo del cinturón y trabó el mecanismo de la puerta. Dejó todo de manera tal que, en caso de urgencia, cualquiera pudiera entrar. Como por ejemplo, que la doctora Yei golpeara la puerta y les preguntara qué estaban haciendo. Silver ya había sacado la cubierta trasera del aparato de holovisión. Siggy pasó junto a ella y conectó el distorsionador electrónico casero. Cualquiera que intentara monitorizar lo que ellos estaban mirando no obtendría más que estática.

—Es una gran idea —afirmó Siggy con entusiasmo.

Claire no parecía estar tan segura.

—¿Estás seguro que no nos meteremos en demasiados problemas si nos atrapan?

—No veo por qué —espetó Silver—. El señor Van Atta desconecta la alarma de humo en su recinto cuando decide fumar.

—Pensé que los planetarios no podían fumar a bordo —dijo Siggy, asombrado.

—El señor Van Atta dice que es un privilegio del rango —comentó Silver y entonces pensó: Ojalá yo tuviera un rango…



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