
—¿Alguna vez te ha dado uno de sus cigarrillos? —preguntó Claire, con un tono de absoluta fascinación.
—Una vez —contestó Silver.
—Bueno —dijo Siggy, que sonreía de admiración—. ¿Cómo era?
Silver hizo un gesto de disgusto.
—Nada especial. Tenía un sabor desagradable. Me puso los ojos rojos. Por cierto. no llegué a entender el sentido. Tal vez los terrestres tienen alguna reacción bioquímica que nosotros no tenemos. Le pregunté al señor Van Atta, pero lo único que hizo fue reírse de lo que le había preguntado.
—Oh —dijo Siggy y concentró su interés en el dispositivo del holovídeo. Los tres cuadrúmanos se acomodaron alrededor. El silencio invadió la burbuja cuando comenzó la música y aparecieron las letras rojas delante de sus ojos: El Prisionero de Zenda.
La primera toma era una escena auténticamente detallada de una calle a comienzos de la civilización, antes de los viajes espaciales y hasta de la electricidad. Cuatro caballeros lustrosos, con sus respectivos arneses, acarreaban una caja sobre ruedas.
—¿No puedes conseguir algo más de la serie de Ninja de las Estrellas Gemelas! —protestó Siggy—. Ésta es otra de esas porquerías que te gustan. Quiero algo más realista, como esa escena de la persecución por el anillo del asteroide…
Sus manos se perseguían entre sí, al mismo tiempo que hacía ruidos nasales que indicaban la alta aceleración de las maquinarias.
—Cállate y mira todos esos animales —dijo Silver—. Tantos… y no es un zoológico. El lugar está apestado de animales.
—Apestado es la palabra correcta —rió Claire—. Piensa en que no usan pañales. Siggy olfateó.
—La Tierra debió de ser un lugar realmente desagradable para vivir, en aquella época. Es evidente por qué la gente tenía piernas. Necesitaban algo que la elevara de todo eso…
Silver apagó el vídeo con brusquedad.
