Weiss partió. Pasó por delante un asistente. Unos minutos después volvió acompañado de Speer.

A Voss, como a Hitler (una imitación no del todo inconsciente), le gustaba trabajar de noche. Trabajaba con la puerta abierta para oír las voces, ver a los hombres, adquirir una sensación del flujo magnético: aquellos atraídos y favorecidos por el Führer y aquellos a los que rechazaba y deshonraba. En el poco tiempo que llevaba en Rastenburg, Voss había visto a hombres que avanzaban con paso firme por el centro de ese pasillo, relucientes de medallas, estrellas y charreteras, para regresar a los quince minutos pegados a la pared, repudiados incluso por la franja de alfombra del centro. Había otros, por supuesto, que volvían evangelizados, con algo en los ojos más elevado que las estrellas, más grande que el amor. Se trataba de los hombres que habían «partido», que habían abandonado la carcasa decrépita de sus cuerpos para recorrer un Elíseo con otros semidioses, colmadas sus ambiciones, confirmada su grandeza.

Weber lo veía de otro modo, y afirmaba en tono más crudo: «Esos tipos están casados, tienen mujeres y familias de hijos encantadores y aun así llegan aquí para que les den por culo cada noche. Es una vergüenza». Weber acusaba a Voss de lo mismo. De echarse con la lengua fuera en el pasillo, esperando a que le frotaran la panza. A Voss le fastidiaba porque era verdad. En su primera semana, cuando desplegaba mapas durante una reunión de operaciones mientras Zeitzler hacía su comentario, el Führer lo había agarrado de repente por el bíceps y su contacto le había inyectado algo rápido y puro en las venas como la morfina, fuerte y adictivo, pero también debilitador.


La Wolfsschanze se apaciguó entrada la madrugada. El tráfico del pasillo se detuvo. Voss archivó las órdenes y preparó los mapas y posiciones de la conferencia matutina, tomándose su tiempo porque le gustaba la sensación de trabajar mientras el mundo dormía.



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