– Capitán Voss -dijo Todt, volviéndose hacia él-, ¿ha hablado ya con el capitán de guardia?

– No, señor.

– Cuando lo haga, dígale que herr Speer me acompañará. Ha llegado esta noche de Dnepropetrovsk.

Voss tomó su café y de vuelta al trabajo tuvo la extraña e incómoda sensación de que había una silenciosa maquinaria en funcionamiento, oculta a sus ojos y más allá de su entendimiento. Entró en la sala de operaciones en el mismo momento en que el coronel de las SS Bruno Weiss salía de los aposentos de Hitler. Weiss estaba al mando de la compañía de las SS de Rastenburg que se encargaba de la seguridad del Führer, y lo único que Voss sabía de él era que no le gustaba nadie excepto Hitler, y que sentía una especial animadversión por los oficiales de inteligencia.

– ¿Qué hace, capitán? -gritó desde el otro lado del pasillo.

– Estoy a punto de terminar unas órdenes, señor.

Weiss se le echó encima e inspeccionó la sala de operaciones; la cicatriz que iba desde el ojo izquierdo hasta más abajo del pómulo destacaba amoratada contra su piel pálida.

– ¿Qué es eso de ahí?

– Archivos del jefe del Estado Mayor, señor, que han de volver a Berlín con el vuelo del Reichsminister Todt esta mañana. Estaba a punto de informar al capitán de guardia.

Weiss movió la cabeza y señaló el teléfono. Voss llamó al capitán de vuelo y le reservó de paso una plaza a Speer en el avión. Weiss tomó más notas en su cuadernillo y regresó a los aposentos de Hitler. Volvió al cabo de unos minutos.

– Esos archivos… ¿cuándo van a salir? -preguntó.

– Tienen que estar en la pista a las siete treinta de esta mañana, señor.

– Dé la respuesta completa a la pregunta, capitán.

– Los llevaré en persona y saldré de aquí a las siete quince, señor.

– Bien -dijo Weiss-. Tengo unos archivos de seguridad que deben volver a la oficina del Reichsführer. Los depositarán aquí. Informaré al capitán de vuelo.



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