
– Eres una niña tonta, Andrea. Una cría muy tonta -le dijo su madre.
La niña examinó el rostro blanco y desencajado de su madre en el jardín oscuro y amarillo, con expresión impasible y determinada.
– Odio a los alemanes -dijo-. Y te odio a ti.
Su madre le cruzó la cara de una bofetada.
2
7 de febrero de 1942, Wolfsschanze, cuartel general de Hitler, Frente del Este, Rastenburg, Prusia Oriental.
El avión, un bombardero Heinkel III modificado para el transporte de pasajeros, emprendió su descenso sobre la extensa negrura de los pinares de Prusia Oriental. El gemido apagado de sus dos motores trajo consigo lo inhóspito de las extensas estepas nevadas de Rusia, lo vacío de la destripada y calcinada estación de ferrocarril de Dnepropetrovsk y lo infinito de las congeladas marismas de Pripet que separaban Kiev del inicio del pinar polaco.
El avión aterrizó y avanzó por la pista entre un miasma de nieve arrojado a la oscuridad por sus hélices. Una figura embozada, encogida para protegerse de la ráfaga helada, salió a ese mundo frío del limpio agujero que se había abierto en la panza de la aeronave. Un coche del parque personal del Führer lo esperaba al lado mismo de la punta del ala, y el chófer, con el cuello subido hasta la gorra, le sostenía abierta la puerta. Quince minutos después el centinela del Área Restringida I le abría por primera vez a Albert Speer, arquitecto, la puerta del complejo militar del cuartel general de Hitler en Rastenburg. Speer fue directo a la cantina de oficiales y dio cuenta de una copiosa comida con la debida voracidad, que habría recordado al resto de comensales, de haber tenido éstos capacidad de empatía, lo difícil que resultaba mantener suministrado el último y remoto confín del Tercer Reich.
