
Dos capitanes, Karl Voss y Hans Weber, oficiales de inteligencia de veintitantos años a las órdenes del general Zeitzler, jefe del Estado Mayor, se encontraban en el exterior, pisoteando el suelo y fumando, cuando llegó Speer.
– ¿Quién es ése?-preguntó Voss.
– Sabía que me lo ibas a preguntar.
– ¿No te parece que se trata de una pregunta normal cuando pasa a tu lado alguien que no conoces?
– Te has olvidado de la palabra «importante». Cuando pasa a tu lado alguien importante.
– Que te den, Weber.
– Ya te tengo calado.
– ¿Qué?
– Vamos a entrar -dijo Weber mientras apagaba su cigarrillo.
– No, dímelo.
– Tu problema, Voss… es que eres demasiado inteligente. Con tu Universidad de Heidelberg y tu puto título de física, eres…
– ¿Demasiado inteligente para ser oficial de inteligencia?
– Eres novato, todavía no lo entiendes… Lo importante de la inteligencia es que no conviene ser demasiado inquisitivo.
– ¿De dónde sacas esas chorradas, Weber? -preguntó Voss con incredulidad.
– Te diré una cosa. Sé lo que ve la gente poderosa cuando nos miran a ti y a mí… y no es a dos individuos con una vida y una familia y demás.
– Entonces, ¿qué ven?
– Ven oportunidades -dijo Weber, e hizo entrar a Voss por la puerta de un empujón.
Volvieron a trabajar a la sala de operaciones, por el pasillo silencioso que llevaba a los aposentos de Hitler donde el Führer seguía encerrado con el ministro de Armamento, Fritz Todt, cuya llegada había puesto fin a la reunión de estrategia de esa tarde. Cuando los dos jóvenes capitanes volvieron a sentarse en sus puestos los dos hombres mayores seguían enfrascados en su conversación. Un poco antes les había servido la cena un ordenanza acostumbrado a los silencios glaciales, rotos tan sólo por el ocasional crujido de una silla de madera.
