– ¿Y él cree que estamos perdiendo esta guerra? -se preguntó Voss en voz alta, sacudiendo la cabeza.

Trabajó otra hora o más y después salió para fumarse un cigarrillo y despejarse con el aire gélido. De vuelta vio al hombre apuesto que había llegado antes, sentado a solas en el comedor y, después, dirigiéndose hacia él desde la sala de operaciones, otra figura, que arrastraba los pies y tenía los hombros encorvados como si soportaran una carga penitencial. Tenía la cara gris, blanda y fláccida, como si se le desprendiera de su subestructura. Sus ojos estaban ciegos a todo lo que no fuera el inmenso cálculo que le ocupaba la mente. Voss se hizo a un lado para dejarlo pasar pero en el último momento parecieron virar el uno hacia el otro y sus hombros chocaron. La cara del hombre se reavivó con la sorpresa y en ese momento Voss lo reconoció.

– Disculpe, herr Reichsminister.

– No, no, ha sido culpa mía -dijo Todt-. Iba sin mirar.

– Piensa demasiado, señor -comentó Voss, en tono faldero.

Todt contempló al joven esbelto y rubio con mayor atención.

– ¿Trabajando hasta tarde, capitán?

– Sólo remato las órdenes, señor -respondió Voss, señalando con la cabeza la puerta abierta de la sala de operaciones.

Todt se quedó en el umbral de la sala y paseó la mirada por el mapa y las banderas de los ejércitos y sus divisiones.

– Ya casi la tenemos, señor -dijo Voss.

– Rusia -terció Todt, que deslizó los ojos hasta Voss- es un sitio muy grande.

– Sí, señor -corroboró el capitán tras una larga pausa en la que no se le ocurrió nada más.

– Los mapas de Rusia deberían ocupar toda la habitación -añadió Todt-. Para que los generales del Ejército tuvieran que caminar para desplazar sus divisiones, a sabiendas de que cada paso que dan supone quinientos kilómetros de nieve y hielo, o lluvia y barro, y en los pocos meses del año en que no se produce ninguna de las dos cosas deberían saber que la estepa se desdibuja bajo un calor silencioso, brutal y asfixiado de polvo.



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