
Voss guardó silencio, embrujado por el retumbo atronador de la voz de su superior. Todt salió de la sala. Voss quería que se quedara, que continuase, pero no se le ocurría ninguna pregunta que no fuera banal.
– ¿Se va mañana con el primer vuelo, señor?
– Sí, ¿por qué?
– ¿A Berlín?
– Haremos escala en Berlín de camino a Munich. -Hay que llevar esos archivos a Berlín.
– En ese caso será mejor que estén en mi avión antes de las siete treinta. Hable con el capitán de vuelo en el aeródromo. Buenas noches, eh… capitán…
– Capitán Voss, señor.
– ¿Ha visto a Speer, capitán Voss? Me han dicho que ha llegado.
– Hay una persona en el comedor. Ha llegado hace un rato.
Todt se alejó y avanzó de nuevo arrastrando los pies por el pasillo. Antes de torcer hacia la izquierda para ir al comedor se volvió hacia Voss.
– No se imagine ni por un segundo, capitán, que los rusos están de brazos cruzados ante esa… esa situación que tiene ahí dentro -dijo, y desapareció.
No era de extrañar que el Führer estuviese de malas tras las visitas de Todt.
Transcurrió otra media hora y Voss fue a servirse un café al comedor. Speer y Todt estaban sentados uno a cada lado de una sola copa de vino, de la que bebía el mayor de los dos. Las diferencias estructurales entre ambos hombres eran acusadas. Uno estaba desplomado con evidentes muestras de hundimiento bajo los cimientos sólidos: siglo xix, fachada guillerminesca surcada de arrugas y grietas, con la pintura y la albañilería desmoronándose como caspa. El otro se alzaba en voladizo en un ángulo imposible, con líneas claras y definidas, la fachada Bauhaus moderna, morena, bella, despejada y brillante.
