– ¡Ahí está! Salida número uno.

SUBASTA DE UNA FINCA ÚNICA y una flecha, que señalaba una carretera a mi izquierda.

Aquella carretera estaba mucho menos trillada. Tenía dos carriles y estaba llena de baches, pero serpenteaba de un modo muy bonito. Después de unos kilómetros, encontré otro cartel y otra flecha, que me indicaban otra carretera. Bien, quizá lo apartado de la finca disuadiera a los anticuarios, a quienes yo consideraba la maldición de todos aquéllos sin dinero que acudíamos a subastas.

Durante el camino no había visto demasiadas casas. Mmm… Quizá la finca fuera sólo un viejo rancho, situado justo en medio de un rancho de verdad, propiedad de una familia rica tipo Bonanza. Seguí avanzando, y después de una curva de la carretera, ascendí por una colina que se alzaba sobre lo que yo había pensado que sería la vieja casa de un rancho.

– ¡Dios santo! ¡Parece sacada de La caída de la casa Usher!

Aminoré la velocidad. Sí, había otra señal que rezaba SUBASTA DE UNA FINCA ÚNICA, situada junto a un sendero de gravilla que llevaba a la edificación. Había unos cuantos coches, pero sobre todo camionetas, (esto es Oklahoma), aparcadas en lo que una vez debió de ser un jardín delantero precioso. Era muy grande, y estaba tapizado de hierba. El camino de entrada estaba flanqueado de árboles grandes, como en las casas de Lo que el viento se llevó, menos el musgo.

Me di cuenta de que me había quedado con la boca abierta porque un tipo mayor, con unos pantalones negros y una camisa de algodón blanco de cuello alto me estaba haciendo señales con una linterna de color naranja, y en su cara había una expresión irritada de «deje de mirar y avance, señora». Al pasar junto a él, me indicó que bajara la ventanilla.



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