– Buenas tardes, señorita -dijo.

Se inclinó ligeramente y me miró a través de la ventanilla. Una ráfaga de aire fétido me trajo sus palabras al interior del coche, refrescado anteriormente por el aire acondicionado, y apagó mi alegría inicial ante el hecho de que me hubieran llamado «señorita», que sonaba mucho más joven que «señora». Era más alto de lo que me había parecido en un principio, y tenía muchas arrugas, como si hubiera trabajado a la intemperie la mayor parte de su vida, pero su tez era enfermiza, tenía un color macilento.

¡Dios santo! Era el padre de Los chicos del maíz. Ciertamente, estaba siendo una experiencia muy cinematográfica.

– Buenas tardes. Hace mucho calor hoy -dije, para ser agradable.

– Sí, señorita -arg. Aquel olor de nuevo-. Por favor, siga hacia el aparcamiento. La subasta comenzará puntualmente, a las dos.

– Eh, gracias.

Intenté sonreír mientras subía la ventanilla y seguía sus indicaciones. ¿Qué era aquel olor? Como el de algo muerto. Bueno, él estaba tremendamente pálido. Quizá no estuviera bien. Eso explicaría el olor, y el hecho de que llevara manga larga en junio. Decididamente, era una mala persona por haber pensado que era el padre de Los chicos del maíz.

Antes de apagar el motor del coche, me pinté los labios y me tomé un minuto para observar la casa. Más bien, la mansión.

Mi primera impresión se vio confirmada. Aquel lugar conjuraba imágenes de Poe y Hawthorne. Era de estilo Victoriano y muy grande. Normalmente, me atraen las casas antiguas, pero aquélla no. Me parecía extraña. Tardé un momento en darme cuenta del motivo, pero por fin lo entendí: era como si estuviera construida por partes.



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