
– Tiene que haber objetos únicos aquí -murmuré, y estaba a punto de apartar la vista de la morada de los Usher cuando sentí un escalofrío. Una nube pasó por delante del sol, y tuve un mal presentimiento. «¿Es tarde? Me parece que la luz se oscurece». Mi mente de profesora de literatura y lengua inglesa extrajo la cita de Medea, una tragedia griega, repleta de venganza, traición y muerte. Y parecía, de un modo muy inoportuno, apropiada.
Capítulo 2
– Bueno, contrólate, Parker.
Era ridículo. Tenía que quitarme de la cabeza aquellos pensamientos truculentos y adoptar la actitud de compradora.
El calor de Oklahoma estaba esperando para abrazarme con sus brazos húmedos cuando salí del coche. A un lado de la casa había una mesa muy larga, y ante ella, una fila de asistentes a la subasta. Supuse que era la mesa para apuntarse, y me dirigí hacia allí.
– ¡Vaya! ¡Debería haberme hecho una coleta con toda esta melena! -dije, para entablar una charla amable con la señora que me precedía en la fila.
– Sí -dijo ella.
Después, se abanicó con uno de los folletos de la subasta, y miró desde mi pelo, que ya estaba húmedo de sudor, hacia mi camisa de seda blanca, que me llegaba a la cadera, hacia mis pantalones cortos de color marrón y mis largas y desnudas piernas.
