El edificio fundamental era un enorme cubo, y tenía dos porches, uno de ellos rectangular, con escaleras que conducían hacia la entrada de una manera grandiosa. A unos seis metros del primer porche estaba el segundo, que tenía forma de quiosco, adosado a la fachada principal del edificio, con un enrejado y una enredadera de rosas. En uno de los laterales había una torreta, y al lado contrario del cubo había un ala con el tejado inclinado. Toda la construcción estaba pintada de un gris muy feo, y el enfoscado estaba agrietado y arrugado, como la piel de un viejo fumador.

– Tiene que haber objetos únicos aquí -murmuré, y estaba a punto de apartar la vista de la morada de los Usher cuando sentí un escalofrío. Una nube pasó por delante del sol, y tuve un mal presentimiento. «¿Es tarde? Me parece que la luz se oscurece». Mi mente de profesora de literatura y lengua inglesa extrajo la cita de Medea, una tragedia griega, repleta de venganza, traición y muerte. Y parecía, de un modo muy inoportuno, apropiada.

Capítulo 2

– Bueno, contrólate, Parker.

Era ridículo. Tenía que quitarme de la cabeza aquellos pensamientos truculentos y adoptar la actitud de compradora.

El calor de Oklahoma estaba esperando para abrazarme con sus brazos húmedos cuando salí del coche. A un lado de la casa había una mesa muy larga, y ante ella, una fila de asistentes a la subasta. Supuse que era la mesa para apuntarse, y me dirigí hacia allí.

– ¡Vaya! ¡Debería haberme hecho una coleta con toda esta melena! -dije, para entablar una charla amable con la señora que me precedía en la fila.

– Sí -dijo ella.

Después, se abanicó con uno de los folletos de la subasta, y miró desde mi pelo, que ya estaba húmedo de sudor, hacia mi camisa de seda blanca, que me llegaba a la cadera, hacia mis pantalones cortos de color marrón y mis largas y desnudas piernas.



6 из 388