– Ufff -murmuró, y pensé que aquél era el final de mi intento por entablar una conversación amable.

– Da la impresión de que en este sitio va a haber cosas interesantes a la venta -dije, haciendo un segundo intento con el hombre de calva incipiente que iba detrás de mí.

– Sí, estoy totalmente de acuerdo. Cuando me enteré de que iban a subastar varias piezas de cristal de la Era de la Depresión, supe que tenía que darme un paseo hasta aquí. La cristalería norteamericana me parece fascinante, ¿a usted no?

Para entonces, sus pequeños ojos, con ligera tendencia al estrabismo, habían encontrado mi escote, y era evidente que la cristalería no era lo único que encontraba fascinante.

– Mmm… eh… sí, la cristalería es muy interesante -dije.

Di un paso hacia delante. Había llegado el momento de que la señora se inscribiera en la mesa, pero también estaba muy ocupada observando cómo el señor de entradas pronunciadas observaba mi escote, así que no podía darle al recepcionista su información.

– En realidad -dijo él, adentrándose en mi espacio personal-, estoy en mitad del proceso de edición de un estupendo libro de fotografías sobre los orígenes del arte de la Era de la Depresión, y sobre cómo distinguir adecuadamente las piezas auténticas de los facsímiles.

– Oh, eso es… eh… estupendo.

Él todavía estaba dentro de mi espacio personal, y yo intenté dar un paso hacia delante, obviamente, acosando a la señora, que todavía estaba en la cola, prendiéndose el número de la subasta a su pecho de la Era de la Depresión.

– Estaré encantado de ayudarla con mis conocimientos si encuentra alguna pieza por la que quiera pujar. No quisiera que nadie se aprovechara de una señorita tan encantadora…

La voz se le quebró, y nerviosamente, se enjugó el sudor del labio superior con un pañuelo doblado. Me di cuenta de que tenía manchas amarillas en las axilas; supuse que su camisa, abotonada hasta el cuello, era demasiado abrigada para su paseo.



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