– Si necesito su ayuda, no dudaré en avisarlo -le dije.

Por fin llegó mi turno, gracias a Dios.

– Nombre, por favor.

Noté cómo los oídos del hombre crecían para captar la respuesta.

– Shannon Parker.

– Señorita Parker, su número es el cero-siete-cuatro. Por favor, ponga su dirección junto al número, y tenga su número visible todo el tiempo, porque el subastador lo anotará si usted compra alguna pieza. Cuando haya hecho todas sus compras, sólo tendrá que darle su número al cajero, y él le presentará la factura.

Típicas indicaciones de subasta. Tomé el número y salí huyendo, antes de que el hombre de las entradas pronunciadas se convirtiera en mi sombra. Nunca entenderé por qué los hombres bajitos se sienten atraídos por mí. No es que yo sea una amazona, pero mido un metro setenta centímetros, y además me encanta llevar tacones. Aparte de mi estatura, no soy una mujer pequeña. Me encanta hacer ejercicio, pero siempre peso cinco kilos más de lo que me gustaría. No soy delgada y desgarbada, sino voluptuosa, pechugona, de caderas marcadas y piernas largas. Y me siento ridícula con los hombres bajitos. Dame un hombre de la estatura de John Wayne, y me derrito como un caramelo en una boca cálida. Por desgracia, mi vida amorosa está tan muerta como él.

La subasta iba a llevarse a cabo en la parte trasera de la casa, en lo que una vez debieron de ser unos jardines de paisajismo glorioso. En el centro había una fuente ruinosa con una ninfa desnuda. Los lotes de la subasta estaban colocados en círculo alrededor de aquella fuente, y al otro extremo había maquinaria y equipo agrícola. Los Billy Joe Bobs y Bubba Bo Bobs se arremolinaban en grupos para observar el equipamiento, en evidente frenesí. Con el viento me llegaban las expresiones típicas de la gente de campo de Oklahoma, y uno de ellos tenía una pajita insertada entre los dos incisivos centrales. De veras, no me lo estoy inventando.



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