– Seguro que la ha tirado usted, ¿verdad? -lo acusó Nora.

– No, yo no -mintió. -Pero tienes que admitir que a veces eres un poco…

– ¿Insistente? ¿Autoritaria?

– Iba a decir remilgada -replicó Pete, retrocediendo antes de ceder a la tentación de deslizar la mano por su pelo. En realidad iba a decir agobiante, pero la vulnerabilidad que había visto en sus ojos le había hecho cambiar de opinión. De pronto, le parecía infinitamente preferible la gratitud de Nora que su desaprobación. -En esta sección no nos gustan las reglas. Las únicas que deberían existir son las del juego.

– Una sociedad civilizada necesita ciertas normas -lo contradijo. -Si tenemos que vivir juntos, tenemos que respetarnos los unos a los otros. Y las normas de etiqueta son una muestra de ese respeto.

– Pero si siguiéramos las veintisiete reglas que has pegado en el frigorífico, terminaríamos todos locos.

Nora suspiró suavemente.

– Yo no pretendía volver loco a nadie. Solo estaba intentando… ayudar.

Pete volvió a concentrar toda su atención en su boca, y luchó contra el impulso de inclinarse y borrar con los besos el dolor que reflejaba su voz. Él había dado por sentado que Prudence era una mujer fría y calculadora por cuyas venas corría sangre de hielo. Pero Nora Pierce no se parecía en absoluto a Prudence Trueheart. Claro, era una mujer casi siempre tensa y excesivamente preocupada por comportarse con propiedad. Pero bajo su pomposa fachada, se escondía una mujer suave, vulnerable y absolutamente irresistible.

– Quizá pudiera invitarte a comer. Como una forma de disculpa -le sugirió.

Nora se irguió en su asiento, se quitó el burrito del ojo y lo miró con recelo.

– ¿A comer?

– Sí, ¿por qué no? Eso no va contra las normas de etiqueta, ¿no? ¿O no lo he preguntado de forma apropiada? ¿Debería haber llamado primero? ¿O quizá debería haber escrito una nota? Supongo que quizá tendría que haber enviado una invitación grabada…



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