
– Perdóname, Kasey -Greg se levantó de la cama e intentó acercarse a ella, pero Kasey lo apartó.
– ¿Y si hubiéramos llegado a hacer el amor? -preguntó la joven con voz glacial.
– Kasey…
– ¿Cuándo te vas a casar con Paula?
– A finales de noviembre.
Kasey sabía que su expresión delataba su dolor y su humillación, pero era incapaz de disfrazarla.
Greg se apartó de ella con un movimiento brusco.
– Kasey, lo siento. No debería haber venido. Pensaba que podía visitarte, verte y sólo… he sido un estúpido -dio un par de pasos y exhaló un suspiro desgarrador-. Kasey…
Kasey se apartó de él; Greg salió de la habitación y después de unos segundos interminables la joven oyó que abría la puerta del apartamento y la volvía a cerrar. Greg se había ido para siempre.
Durante un largo y angustioso momento, Kasey permaneció inmóvil; luego corrió hacia el cuarto de baño con unas ganas terribles de vomitar. Se refrescó la cara y se dirigió tambaleante a la sala, agotada y, sin embargo, extrañamente serena.
Permaneció parada en medio de la habitación. Tenía el rostro bañado en lágrimas. Había visto renacer sus esperanzas, y las había visto también morir en cuestión de segundos. ¿Cómo podía haberle hecho eso Greg?
Kasey se había enamorado de Greg desde la primera vez que se habían visto, cuando ella era una tierna criatura de ocho años y él ya un joven de dieciséis. Llamar su atención había sido el primer objetivo de su joven vida.
Greg había ido a Akoonah Downs, la granja del padre de Kasey, en busca de trabajo. Era de la misma edad de Peter, el hermano de la chica, y el señor Beazleigh tenía necesidad de trabajadores, de modo que le había contratado. Kasey se dedicaba a seguir a Peter y a Greg por toda la granja, cabalgando, reuniendo el ganado, reparando cercados… había llegado a ser tan eficiente como Peter y Greg, para disgusto de Peter y orgullo del padre.
