
Greg y Peter se habían hecho amigos, y el amor de Kasey por el primero había crecido con ella. Kasey siempre había pensado que se casaría con Greg, vivirían en Akoonah Downs, tendrían muchos hijos y serían eternamente felices.
Se desplomó en un sillón. Greg había sido su vida entera. A Kasey nunca le había interesado otro hombre, ni siquiera cuando estaba en la escuela lejos de la granja.
Eternamente felices. Todo parecía tan fácil cuando tenía diecisiete años.
El dolor le atenazó el corazón. Con paso vacilante, fue hacia el armario en el que su compañera de apartamento guardaba una botella de whisky.
Kasey rara vez bebía. Levantó la botella y la miró. Con actitud desafiante, cogió un vaso, echó dos cubos de hielo y luego vertió el líquido ámbar.
Dio un sorbo al fuerte licor y estuvo a punto de atragantarse. ¡Ugh, sabía horrible! Se enjugó las lágrimas. ¿Y si lo bebía a sorbos pequeños? No, no tenía sentido. Era incapaz de beberse aquel brebaje.
Estaba un poco mareada. Hizo una mueca de fastidio y dejó el vaso en una mesa. Ya había vomitado una vez ese día y obligarse a beber no le serviría de nada.
¿Qué podía hacer, entonces? No podía quedarse allí, encerrada entre las cuatro paredes de su apartamento. Casi sin darse cuenta de lo que hacía, cogió una cazadora y salió a la calle.
Estuvo paseando durante un rato que le pareció interminable, pero cuando consultó el reloj se dio cuenta de que sólo eran las nueve y media. No se había preocupado de adónde la llevaban sus pasos, pero al mirar a su alrededor se dio cuenta de que la calle le resultaba conocida.
Por supuesto. Allí en la esquina estaba el bar de un hotel en el que solía reunirse su compañera de apartamento con su grupo de amigos. Cathy no estaba en la ciudad, pero era posible que alguno de sus amigos estuviera allí. Sin darse tiempo para cambiar de idea, abrió la puerta del bar y entró.
Una vez dentro, Kasey miró a su alrededor en busca de alguna cara conocida.
