
– ¡Hola! -la saludó una chica de larga melena rubia.
Kasey la reconoció. Era Anna, la prima de su compañera de apartamento. Se abrió paso entre las mesas. Le señalaron una silla vacía y alguien le ofreció una copa, que aceptó con una sonrisa. Con la música y la conversación de las siete personas que estaban reunidas alrededor de la mesa, Kasey no tuvo necesidad de hablar.
Dio otro sorbo a su bebida, disfrutando del sabor dulzón del vino.
El ruido la envolvía como un capullo protector y hasta que no transcurrió un buen rato, no volvió a ser otra vez consciente de sí misma. Miró la bebida que tenía en la mano. ¿Era la primera copa o la segunda? No se acordaba. Lo cierto era que sabía mejor que el whisky.
Observó a la gente que la rodeaba. Anna y su novio. El hermano del novio y una chica morena y otra pareja a la que nunca había visto con el grupo.
Al seguir su recorrido con la mirada, sus ojos se encontraron con otros ojos, muy azules, que la miraban con atención. El corazón le dio un vuelco. Tuvo la sensación de que la habían estado mirando fijamente durante largo rato. Bajó la mirada y después, recobrando su aplomo, la volvió a levantar para observar con más atención al hombre que estaba sentado frente a ella.
Le pareció vagamente conocido. Pero sin duda recordaría su nombre si alguna vez le habían presentado a un hombre tan atractivo.
Tenía el pelo negro. Su barbilla era firme y aunque estaba sentado, Kasey podía adivinar que era alto.
Volvió a levantar los ojos para encontrarse con la mirada del atractivo desconocido y se sonrojó cuando le vio arquear una ceja. Se había dado cuenta del escrutinio al que le había sometido la joven y era evidente que le divertía.
Deliberadamente, Kasey volvió a la contemplación de su bebida. Estaba segura de que el desconocido pensaba que estaba coqueteando con él, provocándolo. ¡Pues le esperaba un gran desengaño! Que pensara lo que le viniera en gana. Ella no tenía ganas de hablar con nadie.
