Dio vueltas a su copa y observó el juego de la luz sobre el líquido rosado. Y el rostro de Greg apareció borroso ante sus ojos, recordándole su insultante actitud. ¿Cómo había podido hacerle eso? Greg había sido todo para ella. Había compartido sus años de crecimiento con él, incluso para él había sido su primer beso.

Fue arrastrada por una oleada de tristes recuerdos y la escena, los ruidos del bar se desvanecieron, transportándola a Akoonah Downs, a su lugar favorito: al estanque en el que ella y Greg solían bañarse.


Considerando que estaban en una zona semidesértica, el estanque alimentado por un manantial en medio de altos árboles frondosos parecía una especie de milagro.

Kasey estaba allí con Greg. Habían estado nadando y en ese momento tomaban el sol encima de una roca plana que sobresalía del agua.

– ¿Os lo pasasteis bien en el baile? -preguntó Kasey.

– ¿El baile? Oh, sí, estuvo bien. Como de costumbre.

Kasey se abrazó las largas y delgadas piernas. Había sido un fastidio en su adolescencia ser tan alta y delgada y tener el pelo tan rojo.

Era una joven de rostro alargado, su nariz, salpicada de pecas, era pequeña y un poco respingona. Pestañas oscuras, no demasiado largas, rodeaban sus grandes ojos y sus labios se curvaban en una expresión de regocijo permanente.

Pero Kasey era totalmente inconsciente de su hermosura; en ningún momento habría podido imaginar que su tez y sus facciones conformaban una combinación llamativa que le permitiría alcanzar un éxito casi meteórico en el mundo de la moda.

– ¿Por qué no volvisteis anoche a la granja?

– Bebimos algunas copas, por eso decidimos quedarnos en el pueblo.

– ¿Dónde os quedasteis? ¿En el hotel?

– Pues… no. Con unos amigos.

Kasey alzó la mirada.

– ¿Amigos… o amigas?



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