
Greg pareció turbarse.
– Nos quedamos con… con los Carson. Ya sabes, los de la tienda de comestibles -dijo en tono gruñón.
Los Carson tenían un hijo de la edad de Peter y Greg, y cuatro hijas, todas mayores que Kasey. Ninguna de ellas era pelirroja.
– Han sido muy amables dejándonos dormir allí -añadió Greg, y Kasey asintió con desgana.
– Lo que pasa es que las chicas Carson son todas tan… bien… tan…
Greg soltó una carcajada.
– Sí, ¿verdad? Creo que Peter está medio enamorado de Jenny.
– No pensará casarse con ella, ¿verdad? -preguntó Kasey, consternada.
– No creo que Peter esté dispuesto a sentar cabeza todavía -la tranquilizó Greg-. A Peter le gusta demasiado flirtear con las chicas.
– ¿Y a ti? ¿No te gusta?
Greg se encogió de hombros.
– A veces.
– ¿Haces el amor con esas chicas?
– ¡Por Dios, Kasey, haces cada pregunta!
– Bien… ¿y las besas?
– Sólo responderé en presencia de mi abogado -bromeó Greg, para ocultar su turbación. Kasey guardó silencio y se mordió el labio.
– Greg, ¿te gustaría besarme? -preguntó por fin y él la miró escandalizado.
– Kasey, una chica no puede pedir eso.
– ¿Por qué no?
– Porque no. Al menos no con palabras. ¿Nadie te lo ha dicho?
– No -Kasey se encogió de hombros-. Nunca me han besado y me gustaría saber lo que se siente. Quiero que tú seas el primero en besarme, Greg.
– Kasey… No se hace así. Debes querer besar a alguien porque es especial. No sólo porque…
– Tú eres especial, Greg. Ya deberías saberlo.
Kasey se inclinó hacia él, apoyó las manos en sus hombros y posó su boca en la suya.
Los labios de Greg eran frescos, recordó. Había deseado besarlo durante tanto tiempo que la realización del deseo fue casi una decepción. Pero, a fin de cuentas, la inexperiencia de ella era absoluta.
– ¿Te ha gustado? -preguntó la chica con inquietud y él se sonrojó.
