Sir Toby Gray, QC, [1]y el profesor Harry Bamford no siempre estaban en el mismo bando cuando se encontraban en los tribunales.


– Todas las personas que tengan alguna función que ejercer ante los señores magistrados de la reina procedan a acercarse y presentarse.

El tribunal de la Corona de Leeds estaba celebrando sesión. El juez Fenton presidía.

Sir Toby echó un vistazo al anciano juez. Consideraba que era un hombre honrado y justo, si bien sus recapitulaciones podían ser algo prolijas. El juez Fenton cabeceó en dirección al banquillo.

Sir Toby se levantó para presentar el caso de la defensa.

– Con permiso de Su Señoría, miembros del jurado, soy consciente de la gran responsabilidad que pesa sobre mis hombros. Defender a un hombre acusado de asesinato nunca es fácil. Resulta aún más difícil cuando la víctima es su esposa, con la cual había estado felizmente casado durante más de veinte años. La Corona ha aceptado esta circunstancia, incluso la ha admitido de forma oficial.

»No ha facilitado mi tarea, señor -continuó sir Toby-, el hecho de que todas las pruebas circunstanciales, presentadas con tanta habilidad por mi docto amigo el señor Rodgers en su exposición de apertura de ayer, apuntaron a la culpabilidad de mi defendido. No obstante -dijo sir Toby, al tiempo que aferraba las cintas de su toga de seda negra y se volvía hacia el jurado-, me propongo llamar a un testigo cuya reputación es irreprochable. Abrigo la confianza de que les dejará, señores miembros del jurado, sin otra elección que emitir un veredicto de no culpable. Llamo al profesor Harold Bamford.

Un hombre elegante, vestido con un traje de americana cruzada azul, camisa blanca y corbata del Yorkshire County Cricket Club, entró en la sala y ocupó su lugar en el estrado de los testigos. Le acercaron un ejemplar del Nuevo Testamento, y leyó el juramento con tal confianza, que a ningún miembro del jurado le cupo duda de que no era su primera aparición en un juicio por asesinato.



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