
Aquella niña estaba sentada en el regazo de su hermanastro, agitando su cucharilla y gorjeando como si el mundo fuera su reino. Tenía un espléndido hermano mayor, sano, rico y en buena posición económica, que podía mantenerla.
– Supongo que ya no vive en Bay Beach -dijo Wendy suavemente.
– No. Tengo un apartamento en Sidney y otro en Nueva York. Viajo mucho.
– ¿Ha traído a la niña desde Sidney?
El pareció un poco desconcertado por la pregunta.
– Sí.
– ¿Puedo preguntar por qué? -dijo ella, mirándolo fijamente-. En Sidney hay muchos hogares infantiles. Solo tenía que mirar en la guía telefónica para encontrar uno.
– Yo quería…
– ¿Qué quería?
El alzó la vista y la miró fijamente, titubeando.
– Diablos -dijo, por fin-. Qué difícil es explicar esto.
– Lo comprendo.
– ¿Cómo se llama? -preguntó él de repente, y ella sonrió.
– Perdone, debería habérselo dicho. Me llamo Wendy. Wendy Maher.
– Bueno, Wendy… -él sacudió su cabeza, todavía confundido. Su hermanita había dejado caer la cucharilla y se retorcía contra su pecho, con los ojos medio cerrados. Él debía de haber parado en el camino para darle de comer, pensó. La niña parecía ahíta y soñolienta. Inconscientemente, Luke la apretó en sus brazos y la pequeña se acurrucó contra él. La mirada de Wendy se dulcificó al mirarla. Tal vez…
– Yo sabía que aquí había un orfanato -dijo él-. Me acordé y llamé para asegurarme de que todavía existía.
Cuando era niño, pasé algún tiempo aquí, en el antiguo edificio, una vez que mi madre se puso enferma y mis abuelos no podían ocuparse de mí.
– Ya veo.
– Y… -él intentaba denodadamente hacerse entender- Bay Beach es un sitio precioso para crecer.
– Sí que lo es -Wendy apretó a Gabbie. Ella no podía hacer que Gabbie creciera en Bay Beach, pensó con amargura. Pero un hogar estable era preferible a un lugar concreto.
