
– Pasé la mejor época de mi vida aquí, de niño -continuó él, mirándola como si tratara de adivinar sus pensamientos-. Cuando vivían mi madre y mis abuelos, todo era fantástico. La playa… la libertad… -señaló a los niños que había fuera-. Esos niños tienen suerte.
Sí, claro. Qué bonito. Abandonar a su hermana y salir corriendo, y luego decirse a sí mismo que Bay Beach era un sitio precioso para crecer…
– No, señor Grey, esos niños no tienen suerte -dijo Wendy con severidad-. Esos niños tienen problemas. No tienen padres que se ocupen de ellos. Están solos en el mundo. A mí me pagan por cuidarlos, y solo me tienen a mí o a gente como yo.
Hubo un largo y embarazoso silencio. La hermanita de Luke cerró por fin los ojos y se acurrucó en sus brazos con absoluta confianza.
Él miró a Wendy por encima de la mesa. Aquella mujer todavía era joven, pensó, pero había vivido mucho más que las mujeres con las que solía pasar su tiempo libre. Estaba muy lejos de ellas. En sus ojos había ternura, compasión y preocupación. Podía ser hermosa, pensó. Con un poco de maquillaje, un peinado moderno, algo de ropa decente… Pero no. Ya era hermosa, decidió. No necesitaba ninguna de esas cosas.
Luke contempló aquellos serenos y luminosos ojos grises y se dio cuenta de que, a pesar de lo que ella dijera,- aquellos niños tenían suerte. Sin duda, tenían problemas terribles, pero, en medio de su miseria, habían encontrado a Wendy.
– Mi hermana tiene que quedarse aquí -dijo suavemente-. No hay otro remedio. Su madre la ha abandonado, y creo que estará mejor con usted que con cualquier otra persona.
CAPÍTULO 2
EL SEÑOR Grey ya había tomado una decisión, pensó Wendy, mirándolo por encima de la mesa con preocupación. Mientras trataba de encontrar las palabras justas para responderle, se oyó un golpe en la puerta y una mujer irrumpió en la cocina. Era Erin, que llegaba tarde, como siempre.
