
– Erin, eso no es asunto del señor Grey -le reprochó Wendy.
– ¿Ah, no? -Erin sonrió y sus ojos brillaron maquiavélicamente. Aquella mujer era incorregible-. ¿No lo es? -se volvió hacia Luke y le sonrió a él-. De pronto, se me ha ocurrido una solución. Usted necesita que alguien se ocupe de su hermana y quiere que ese alguien sea Wendy. Y Wendy necesita un salario. Y, además, preferiría quedarse aquí, en Bay Beach…
– ¡Erin, basta! -Wendy estaba a punto de estrangularla-. No puedo quedarme aquí -exclamó-. No hay casas disponibles, aunque pudiera pagar el alquiler.
– Sí, sí que las hay -la voz de Luke pareció surgir de la nada. Ambas mujeres se volvieron para mirarlo.
– ¿Perdón? -Wendy estaba tan fuera de sus casillas que ni siquiera sabía si lo había oído bien.
– Hay un lugar donde podría quedarse sin pagar nada -le dijo él-. Cuide usted de mi hermana, Wendy Maher, y yo le proporcionaré una casa en Bay Beach durante todo el tiempo que necesite.
Se hizo tal silencio que podía haber oído caer una gota de agua. Nadie dijo nada. Incluso la vivaz Erin se había quedado muda. Estaba completamente asombrada. Había lanzado al aire el embrión de una idea y, de pronto, había sucedido un milagro.
– Yo… -Wendy se apartó un par de rizos de la cara e intentó retirar la mano de la de Luke, pero este no se lo permitió-. Por favor -intentó retirarla otra vez-. Tengo que tomar un tren.
– ¿Para vivir en un apartamento en Sidney cuando en realidad quiere quedarse aquí? ¿Y de qué va a vivir?
– Puedo conseguir un empleo cuidando niños mientras Gabbie va al colegio.
– Sabes perfectamente que esa clase de empleos no da para vivir -replicó Erin, y reparó en la mirada de su amiga. Oh, cielos, tal vez había ido demasiado lejos.
