
– Yo le pagaré bien -dijo Luke. Aquel hombre estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas, y acababa de tomar una-. Su amiga tiene razón. Puedo permitirme pagar a una niñera. Me enteraré de cuál es la tarifa normal, y le pagaré más. Además de los gastos diarios. Y puede vivir en la granja.
– ¿La granja?
– Sí, tengo una granja -él sonrió al observar la cara ele perplejidad de Wendy. Le apretó ligeramente la mano y luego la soltó. Ella la dejó caer, pero siguió mirándosela como si contuviera… ¿qué? No lo sabía. ¿Un presagio de problemas futuros? Algo que no entendía en absoluto.
– Ya le he dicho que mis abuelos tenían una granja a las afueras de Bay Beach -continuó él-. Está justo al sur de aquí y es preciosa. Tiene cien hectáreas de pastos, da al mar y el río forma el límite norte. Mis abuelos me la dejaron al morir. A mí me encanta, por eso nunca la ha vendido. Un granjero de la vecindad lleva a su ganado a pastar allí. Pero la casa está vacía. Si la quiere, es suya.
– ¿Si la quiero? -Wendy lo miró como si se hubiera vuelto loco. Una granja. Allí. ¡Que si la quería…!
– Claro que la quiere -dijo Erin rápidamente-. Di que sí, Wendy -atravesó a su amiga con la mirada-. Di que sí, idiota. ¡Vamos!
– ¡No! -Wendy sacudió la cabeza. Gabbie, por su parte, lo observaba todo, atemorizada. Recordándole que debía ser prudente. El mundo ya había golpeado demasiadas veces a aquella niña. Wendy no debía asumir ningún riesgo que volviera a ponerla en peligro. Una vocecita interior le gritaba que tuviera cuidado-.¿Dónde dice que está la granja? -preguntó.
– A dos kilómetros de la ciudad -Luke volvió a sonreír. Por fin parecía que aquel lío iba a resolverse.
– ¿Cómo se llamaban sus abuelos?
– Brehaut.
– ¡La granja Brehaut! -Wendy se quedó boquiabierta. Erin dejó escapar un gemido de alegría.
– Oh, es maravilloso. La granja de los Brehaut…
