
– Tenemos que tomar un tren -dijo sencillamente-. Tengo muy poco tiempo. Adiós, Luke.
Aturdido, él la siguió con la mirada. La puerta de la cocina se cerró tras ellas y Luke se volvió para mirar a Erin.
– Tiene razón -dijo esta, desalentada-. Wendy necesita un permiso legal para ocuparse del bebé. Y, si nadie ti.¡ vivido en la granja en los últimos veinte años, la casa debe de estar hecha un desastre.
– Pero tengo que irme a Nueva York…
– Entonces, es que tiene otras prioridades -dijo ella-. ¿Cuándo piensa marcharse?
Esta misma noche, si consigo llegar a tiempo a Sidney.
– ¿Y qué piensa hacer con Grace?
No puedo hacerme cargo de ella -contestó él débilmente, mirando a la niña dormida en sus brazos.
– En ese caso, déjela en el servicio de acogida y ellos le encontrarán un sitio en Sidney -Erin alzó la barbilla. Estaba corriendo un gran riesgo y lo sabía. Contuvo el aliento.
Él la miró otra vez y luego volvió a mirar a la niña.
– Yo…
– No quiere hacerlo, ¿verdad? -preguntó Erin amablemente.
– No.
– ¿Qué hay tan importante en Nueva York?
– Reuniones. Me dedico a la bolsa.
– Apuesto a que dispone de Internet y de correo electrónico y de toda clase dé artilugios tecnológicos para superar esta crisis -dijo ella vivamente-. ¿Teleconferencias, tal vez? He oído que funcionan muy bien.
Él titubeó.
Pero en la granja ni siquiera hay teléfono…
– Por eso Wendy tiene razón al no querer vivir allí todavía. ¿No tiene usted teléfono móvil?
– Claro que lo tengo, pero…
– Entonces, todo arreglado -ella sonrió otra vez-. Si yo fuera usted, no dejaría que Wendy se marchara -continuó amablemente-. Si ella toma ese tren, perderá usted a la mejor niñera que pueda encontrar. Wendy es sencillamente la mejor.
Luke sabía que tenía razón. Había comprendido instintivamente que podía confiarle a Wendy el cuidado de su bebé. ¿Su bebé? Grace no era su bebé.
