
Pero… Miró a la niña dormida. Esta estiró los bracitos y se acurrucó.
– ¡Qué locura!
– Lo es, ¿verdad? -dijo Erin comprensivamente-. 0 lo será, si no impide que Wendy tome ese tren. Nueva York o Wendy, señor Grey. Usted elige… pero elija ya.
Una hora después, Wendy iba sentada en el asiento del pasajero de un Aston Martin que se dirigía al sur.
Aquello era una locura. En ese momento, debía estar en un tren en Sidney, se dijo. Si estuviera en el tren, el viento no le desordenaría el pelo, llevaría todas sus maletas en el compartimento para el equipaje sobre su cabeza, y tendría a Gabbie sentada sobre las rodillas.
Pero, en realidad, el viento alborotaba su pelo y le había deshecho prácticamente el descuidado moño. Su equipaje se había quedado en Bay Beach porque no cabía en el minúsculo maletero del coche, y Luke había encargado que un taxi fuera a recogerlo más tarde. '~ Grace iba en su capazo, y Gabbie estaba sentada en el asiento de atrás con la boca tan abierta como los ojos. Estaba conmocionada. Igual que Wendy.
– Estoy alucinada -dijo-. Todavía no sé qué estoy haciendo aquí.
– Ya somos dos -dijo Luke, no sin simpatía-. Ahora mismo, debería estar de camino al aeropuerto -pasó las manos por el volante e hizo una mueca-. Esto está pegajoso -vio horrorizado que había dos manchas grises sobre el volante-. ¡Lo han tocado con las manos sucias!
«Dios mío», pensó Wendy lúgubremente. Después de todo lo que había ocurrido, a aquel tipo solo lo preocupaba su volante.
– Yo lo limpiaré -dijo secamente.
– ¿Está segura?
– Oh, por el amor de Dios, solo es mermelada de fresa. Los niños la toman para merendar. Se quita con agua caliente.
– Hay mermelada de fresa en mi volante -gruñó él. Observó las manchas más de cerca. No eran rojas. Definitivamente, eran grises-. ¿Cómo va a ser esto mermelada de fresa?
– Es mermelada de fresa mezclada con otras cosas ella tuvo la temeridad de sonreír-. Plastilina, barro, pinturas…
