– ¡No quiero saberlo!

Silencio. Luke sintió la desaprobación de Wendy desde el otro asiento.

– Le tiene mucho apego a su coche, ¿no? -dijo ella con cautela, y él intentó sonreír.

– ¿Usted no se lo tendría? Es fantástico. Si supiera lo que me ha costado…

– Puedo hacerme una idea -dijo Wendy agriamente-. Aston Martin Vantage Volante. ¡Guau! Realmente, debe de valer una fortuna.

– No lo sabe usted bien…

– Apuesto a que sí lo sé. Unos cien mil dólares, más t) menos. Pero, de todas formas, si se tiene un coche armo este, ¿qué son cien mil dólares? -sonrió con ironía-. ¿Qué más puedo adivinar sobre este coche? -lo pensó, y el tono reverencial de Adam resonó en sus oídos-. Me imagino que tiene llantas de aleación, navegador y motor de doce cilindros y cuarenta y ocho válvulas. De cero a cien en unos cinco segundos. Velocidad máxima, unos doscientos cincuenta kilómetros por hora. Sí, menudo juguetito tiene usted, señor Grey.

– ¿Cómo demonios…?

– Si supiera lo que haría yo con la cuarta parte de lo que vale este coche…

– Oiga, que yo soy su jefe -la interrumpió él-. ¡No está usted aquí para echarme sermones!

– Pues despídame -dijo ella tranquilamente-. Los sermones van incluidos en el paquete.

Durante un instante, Wendy pensó que iba a hacerlo.

Luke levantó el pie del acelerador, pero entonces Grace balbució desde el asiento de atrás, y él recordó que no podía despedir a aquella mujer.

– ¿Cómo es que sabe tanto de coches? -preguntó de mala gana.

Ella arrugó la nariz.

– Mi ex marido era un fanático de los coches.

– Oh -él la miró de reojo-. ¿Está divorciada?

– Él murió.

Hubo algo en su forma de decirlo que lo disuadió de seguir preguntando.

– Oh, vaya.

– ¿Usted no está casado?

– No -él sonrió y volvió a mirarla de reojo-. Prefiero los coches a las mujeres. Son más baratos.



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