– Ah, claro -ella respiró hondo-. Señor Grey, ¿tiene usted idea de dónde se ha metido? En un solo día, se ha hecho cargo de una niña, ha aceptado dar cobijo a otra y ha contratado a una niñera…

– No importa -dijo él-. Puedo permitírmelo. Mientras no me causen problemas…

– ¿Y si se los causamos?

– Entonces, me marcharé -él sonrió con ironía-. Aunque lo haré, de todas formas. Los lazos emocionales no son mi fuerte. Solucionaré todos los problemas legales y luego me iré.

– Cuando la casa esté habitable, supongo.

– Lo estará.

Pero no lo estaba.


Nadie había entrado en aquella casa en veinte años. Era como volver atrás en el tiempo, pensó Wendy, desalentada. Caminó de habitación en habitación con Gabie pegada a su costado. Luke iba a su lado, con Grace en brazos, y tampoco decía nada.

Era un lugar fantasmal. Las ventanas estaban rotas y desencajadas. Los muebles estaban cubiertos de polvo y del techo colgaban enormes telarañas. Pero, a pesar de todo, la casa era grande, hermosa y antigua. Los muebles eran buenos, pero las cortinas estaban hechas jirones', las alfombras raídas y una gruesa capa de polvo lo cubría todo.

Aquella casa era un pedazo de historia olvidado por el tiempo. Debía de estar llena de recuerdos para Luke, pensó Wendy.

Había fotografías por todas partes, y la mayoría eran de él. Wendy tomó un marco que había sobre una mesa de madera labrada y sopló para quitarle el polvo. Allí estaba Luke, con unos cinco años de edad, de pie entre una pareja de ancianos que lo agarraba de las manos ron orgullo. El amor brillaba incluso a través del polvo.

No era de extrañar que Luke hubiera conservado la pensó Wendy. Ni era de extrañar que, de forma Instintiva, hubiera llevado allí a Grace. Aquel lugar había sido su hogar.

Y tal vez todavía lo fuera. Wendy lo miró de soslayo y percibió la tristeza que había en su mirada.



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