
– Aparte del polvo y de las ventanas, está igual que el día que llevamos a mi abuela al hospital -dijo Luke por fin, con un susurro.
Debe de haber sido una casa muy bonita.
– Pero ahora está inhabitable -dijo él tristemente.
– No tanto -Wendy se encogió de hombros y miró a Gabbie-. A nosotras nos gustan los desafíos, ¿verdad, Gabbie?
– ¿Vamos a vivir aquí? -preguntó la niña con voz trémula. Wendy la tomó en brazos y la apretó fuerte.
– Sí. Claro que sí. Y va a ser una casa preciosa. ¡Debajo de todo este polvo, es muuuuuy bonita!
– Tendremos que pasar la noche en un hotel -dijo Luke-. Quizá si traemos un equipo de limpieza y carpinteros… -podía ver su viaje a América pospuesto indefinidamente. Maldición. Al principioo le había parecido una buena idea. Pero, de repente…
Wendy sacudió la cabeza.
– No. La casa está bien. Mejor de lo que yo pensaba. No hace falta que vayamos a un hotel. Gabbie se ha pasado la vida de un lado para otro. Si esta va a ser nuestra casa, lo será desde ahora mismo.
Estaban en lo que antaño debía de haber sido el cuarto de estar. Wendy se acercó a una ventana y empujó una de las hojas. Cuando se abrió, una ráfaga de aire salino entró en la habitación y Wendy vio…
– ¡El mar! -dijo, exultante-. ¡Mira, Gabbie, el mar! -más allá de la amplia terraza y de un prado donde pastaban plácidamente las vacas, se extendía el océano. Desde allí parecía verse una playa de arena. Quizá incluso pudieran nadar. ¡Era maravilloso!-. ¡El mar, el mar, el mar! -Wendy alzó a Gabbie y dio vueltas con ella en brazos. El placer brillaba en sus ojos. Aquello parecía un sueño-. Nos va a encantar vivir junto al mar, Gabbie, cariño. Cuando tu madre no te quiera, vivirás aquí conmigo. Junto al mar. En esta casa, que va a ser el lugar más maravilloso de la tierra -luego, sonriendo, dejó a Gabbie en el suelo, se arremangó y observó a Luke con mirada especulativa-. Solo hace falta un poco de trabajo.
