
Pero aquella niña no parecía descuidada. Era una versión en miniatura del hombre que la sostenía torpemente, como si estuviera hecha de cristal. ¡Era tan bonita! Era el bebé más bonito que Wendy había visto nunca, y había visto muchos bebés. Tenía los mismos rizos entre castaños y rubios de aquel hombre, y los mismos vivaces ojos verdes, brillantes de placer. Estaba toda envuelta en rosa y parecía tener cinco o seis meses. Su mirada parecía proclamar que el mundo era maravilloso. Estaba regordeta, bien cuidada y contenta. Wendy, acostumbrada a ver las cosas terribles que la gente podía hacerles a sus propios hijos, dejó escapar un suspiro de alivio al comprobar que, al menos, la niña parecía estar sana.
– Me marcho esta noche. Tengo que estar en Nueva York este fin de semana -dijo el hombre, tendiéndosela a Wendy-. Pero usted se encargará de ella, ¿verdad? Después de todo, ese es su trabajo.
Solo había una respuesta para aquello.
– No -dijo Wendy suavemente, mirándolo a los ojos. Los serenos e imperturbables ojos de Wendy habían visto lo terrible que podía ser el mundo. Pensaba que ya nada podía sorprenderla… pero siempre había algo nuevo-. Ese no es mi trabajo. Encargarse de esta niña es su trabajo.
– Usted no lo entiende -él volvió a tenderle el fardo rosa, pero ella no lo tomó, sino que agarró con una mano los deditos de Gabbie y mantuvo la otra firme mente pegada a su costado.
– Supongo que es su hija -le dijo. Debía de serlo. El parecido era innegable-. Ignoro lo que le ocurre, señor…
– Grey. Me llamo Luke Grey. Y, no, no es mi hija.
– Señor Grey -dijo ella, respirando hondo-, no puede usted abandonar a un bebé solo porque tenga que irse a Nueva York. 0 a cualquier otro sitio, lo mismo da -su voz era tranquila y firme-. Pero tiene razón en una cosa. No lo entiendo. Explíquemelo.
