– ¡Este bebé no es mío! -pero se interrumpió antes de decir nada más. Del interior de la casa surgió un alarido.

Era Craig. Como siempre. Wendy se dio la vuelta y vio al niño en la terraza. Llevaba un camión de bomberos de juguete en las manos y su expresión parecía proclamar que había llegado el fin del mundo. ¡Justo en ese momento! Aunque no era de extrañar. La media de calamidades de Craig era más o menos de un desastre por hora.

– Wendy, Sam ha roto el gancho de mi camión -chilló, como si quisiera anunciar aquella catástrofe a todo Hay Beach-. Ha roto el gancho de la grúa. ¡Wendy, lo ha roto…!

– No te preocupes, Craig. Tenemos pegamento -le dijo Wendy, como si aquello fuera de lo más normal. Y lo era-. Déjalo encima de la mesa de la cocina y yo te lo pegaré. Pero primero… -lanzó una mirada al coche de Luke-, mira lo que tenemos aquí -le dijo al niño-. llama a Sam y a Cherie para que vean lo bonito que es el coche de este señor.

Se rio para sus adentros al ver que Luke se ponía pálido. Le dio igual. Aquel coche les proporcionaría un poco de diversión a sus niños.

Y así fue. El niño dejó de lloriquear inmediatamente.

– ¡Guau! -asombrado, el pequeño Craig, de cinco años, observó el automóvil como si acabara de aterrizar procedente de Marte-. ¿Es de verdad?

– ¡No lo toques! -gritó Luke, y Wendy volvió a reírse para sus adentros. ¿Qué daño podían hacerle unos cuantos dedos pegajosos?

– Venga adentro, señor Grey -le dijo-. Todavía tiene que darme una explicación.

– ¿Puede sostenerla usted? -preguntó él, con voz suplicante. Le tendió a la niña-. Está… mojada.

– Los niños suelen estarlo -dijo Wendy plácidamente, ignorando su ruego. Subió las escaleras de la terraza con Gabbie de la mano, dejando que él la siguiera-. Bien, le cambiaremos el pañal y luego podrá contarme sus problemas. Pero, no, señor Grey, no sostendré a su niña. La llevará usted en brazos hasta que me haya explicado qué sucede.



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