– No es mi hija.

– Eso ya lo dijo antes.

Sentado en la cocina de Wendy, Luke todavía sostenía en brazos al bebé. Wendy le había cambiado el pañal y la había envuelto en un manta seca, pero luego se la había devuelto otra vez. Estaba haciendo café mientras él, incómodamente sentado con la niña en el regazo, procuraba no pensar en lo que veía a través de la ventana.

Había tres niños dentro de su coche. Decidió que no podían causarle ningún daño, pero, de todas formas, elevó una pequeña plegaria. Por favor, que la soberbia tapicería de cuero siguiera limpia…

– Entonces, ¿de quién es la niña? -Wendy siguió su mirada a través de la ventana y luego volvió su atención a la cocina. Tomó una taza de café y se sirvió. Gabbie se sentó en su regazo y se apoyó contra ella. Wendy la abrazó instintivamente. Sobre el regazo de Luke, el bebé balbucía, se reía y tendía las manos hacia la taza.

– ¿Le importaría decirles a esos niños que salgan de mi coche? -preguntó él, inquieto.

– Tenga cuidado con su café -le dijo ella-. La niña podría quemarse. Puede poner el coche en la acera, si quiere -continuó, sin dejarse intimidar-. Mientras esté en mi patio delantero, no puedo evitar que los niños se suban a él.

– Entonces, ¿puede sujetar a la niña mientras lo muevo? -le rogó él. Ella meneó la cabeza.

– No, señor Grey.

No sujetaría a la niña mientras él iba a mover el coche. Su instinto le decía que, si lo hacía, no volvería a verlo. Él comprendió lo que estaba pensando y la miró por encima de la mesa, indignado.

– Mire, podía haberla abandonado aquí y haber salido corriendo -exclamó.

– Y no lo ha hecho -admitió ella, sin dejarse impresionar lo más mínimo. Aquel hombre podía tener una sonrisa perturbadora, pero con ella no iba a funcionarle. Parecía mucho más preocupado por su coche que por el bebé-. Eso ha sido muy noble de su parte.



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