Su tono de censura era evidente. El arrugó el ceño, enfadado.

– Usted piensa que soy una rata.

– Mi trabajo no consiste en pensar esas cosas -le dijo ella-. Me pagan por preocuparme de los niños, no por juzgar a la gente que no se preocupa de ellos.

– ¡Eh! ¡Se ha hecho pis encima de mí!

– ¿De veras? -los ojos grises de Wendy se abrieron con cortés incredulidad; miró a la niña y luego a él otra vez-. ¿Sabe? -dijo suavemente-, se parece mucho a usted.

– Supongo que sí -dijo Luke amargamente-. Sin embargo, no es mi hija. Se lo juro.

– ¿Pero son parientes?

– Creo que sí -dijo Luke lentamente, y por primera vez dejó de prestar atención a su preciado coche-. Lo he estado pensando -lanzó una mirada dubitativa a la niña que sostenía en brazos, como si todavía tratara de averiguar cómo había llegado hasta allí. La pequeña había agarrado una cucharilla de café y la golpeaba contra la mesa, divirtiéndose inmensamente-. Es mi… mi medio hermana.

– Su medio hermana -Wendy se recostó en la silla y bebió un par de sorbos de café, abrazando a Gabbie. Tenía que darle tiempo para que se explicara. Entretanto, Gabbie seguía temblando. Llevaba todo el día así, debido a la mudanza inminente. Necesitaba que la abrazaran, y Wendy lo hacía encantada. En cuanto a los demás niños, estos tenían un nuevo juguete con el que entretenerse: ¡un juguete de un par de cientos de miles de dólares! Y, a pesar del hecho de que tenía que tomar un tren, ella no tenía prisa.

Por el bien de la niña, esperaría.

– Hasta hoy no he sabido que existía -dijo Luke sombríamente-. Diablos. Está usted ahí sentada, juzgándome por abandonarla, y hasta esta misma mañana yo ni siquiera sabía que tenía una medio hermana -le sostuvo la mirada, intentando que lo creyera.

Y, de pronto, inopinadamente, Wendy lo creyó. Pero la mirada de Luke pedía también su comprensión. Ella no lo comprendía, pero dejó temporalmente en suspenso su juicio y desestimó su impresión inicial de que era un crápula con una hija ilegítima. Por el momento.



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