– Hábleme de ello -dijo suavemente, y miró por la ventana: Sam estaba sentado detrás del volante, Craig en el asiento del pasajero, y Cherie fingía ser una gran dama en el asiento de atrás. Estaban descalzos, pensó Wendy, y no llevaban cinturones con hebillas. No arañarían su preciosa tapicería.

Pero, en ese momento, Luke no prestaba atención al coche. Solo tenía ojos para Wendy. Quería que lo comprendiera.

– Es de mi padre -dijo lentamente-. Es la hija de mi padre.

La mente de Wendy asumió rápidamente aquella palabras. Estaba acostumbrada a los problemas familiares. Había sido adiestrada para tratar con ellos.

– ¿Quiere decir que su padre es también el padre de la niña?

– Supongo que sí -Luke miró con incertidumbre al bebé-. Se parece a mí, ¿verdad?

– Desde luego -la voz de Wendy se suavizó-. Es su vivo retrato, señor Grey. Excepto porque son de sexos opuestos, parecen gemelos idénticos. Con treinta años de diferencia, por supuesto.

El se quedó mirando a la niña y luego se encogió de hombros.

– Quizá sea mejor que empiece desde el principio y le explique todo este maldito embrollo.

– Tengo tiempo de sobra.

El asintió. Aquella mujer parecía la persona más sosegada del mundo, pensó de repente. Él estaba al borde del pánico desde que había abierto la puerta de su casa esa mañana, a las seis. Alguien había llamado, pero, cuando había abierto, solo había encontrado un bulto. El bebé.

– Mi padre no era un hombre muy responsable -dijo, despacio. Respiró hondo y esperó la reacción de la mujer. No hubo ninguna. Su cara permaneció inexpresiva. Luke tuvo la sensación de que no se dejaba impresionar fácilmente-. Bueno, quizá eso no sea del todo exacto. Yo… quiero me entienda. Mi padre tenía mucho carisma. Conseguía todo lo que quería. Solo tenía que sonreír…



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