
Wendy asintió. Se lo imaginaba. Solo tenía que mirar la sonrisa de Luke para imaginárselo.
– Se casó con mi madre -continuó él; su sonrisa desapareció por completo y su tono se hizo más amargo-. Supongo que eso ya fue algo. Su matrimonio duró solo un año, pero al menos yo fui un hijo legítimo. Él siempre decía que quería tener hijos, pero en realidad no le interesaba la paternidad. Le cortaba las alas. Cuando nos abandonó, mi madre volvió a la granja de sus padres, a las afueras de Bay Beach, y allí fue donde yo crecí. Hasta cierto punto.
– ¿Hasta cierto punto? -ella nunca había oído hablar de aquel hombre, pensó, y llevaba muchos años en aquel distrito.
– Sí, claro, hasta cierto punto. A mi padre no le gustaba que su hijo fuera educado como un pueblerino. Para él, el ego era lo más importante -dijo Luke con amargura-. Yo debía tener lo mejor. A pesar de las protestas de mi madre, me mandó a los mejores internados y a la universidad más prestigiosa de Australia. Ignoro cómo consiguió pagarlo. El hecho de que mi madre viviera al borde de la miseria no le importaba lo más mínimo. Él iba de deuda en deuda. Mentía, engañaba, estafaba… Se buscaba la vida. Yo no lo sabía. Mi madre me lo ocultó. Ella murió cuando yo tenía doce años, así que solo me enteré hace unos años de cuál era el verdadero estilo de vida de mi padre.
– ¿Y la niña?
– La niña es el resultado de un lío que tuvo con una mujer cuarenta años más joven que él-dijo Luke-. Esta mañana, esa mujer me dejó una carta, explicándomelo todo. Al parecer, la engañó, como las engañaba a todas: con el lujo. Mi padre derrochaba mucho dinero, y ella no sospechaba que en realidad no tenía nada. Se quedó embarazada y tuvo a su hija. A él todavía debía de atraerlo, porque, de alguna forma, la mantuvo. Y luego, hace un mes, mi padre murió.
Wendy hizo una mueca.
– Lo lamento.
