– Bueno, sí. Eso es precisamente lo que estaba haciendo pero no tenía nada que ver contigo.

Riley tenía los ojos del color de la medianoche. Al menos, así le habían parecido a Gracie, cuando era una adolescente. Había escrito unos versos realmente malos sobre aquellos ojos y sobre la boca. Se había imaginado cómo la besaría cuando por fin recobrara la cordura y se diera cuenta de que estaban hechos el uno para el otro. Incluso les había escrito poemas a sus novias después de que él las dejara compadeciéndolas por su dolor.

“Sí, mi querida Jenny. Sólo yo puedo comprender la magia del momento cuando él te toma la mano…“

Gracie se colocó la mano sobre el estómago. La acidez la estaba matando. La mayoría de los días ni siquiera se acordaba de dónde había dejado las llaves, pero recordaba la malísima poesía que había escrito hacía muchos años…

– Creo que me pasa algo -musitó ella.

– De eso estoy seguro.

– No estás colaborando a resolver la situación ¿sabes? Sé que esto no parece nada bueno, pero te aseguro que no estoy aquí por ti. Se supone que mi cuñado Zeke te está ayudando con tu campaña esta noche. De eso se trata -añadió, mostrándole la cámara.

– ¿Ahora vas a por tu cuñado?

¿Cómo dices? -replicó ella escandalizada-. Por supuesto que no, Dios mío… Mi hermana Alexis me ha pedido que… Olvídalo -concluyó, dirigiéndose de nuevo al lugar en el que había aparcado el coche.

– No tan rápido-afirmó Riley, agarrándola del brazo-. No te puedes presentar aquí, tomar fotografías y luego marcharte. ¿Cómo sé que no me has puesto una bomba en el coche?

Gracie se soltó de un tirón y cuadró los hombros antes de darse la vuelta para mirarlo.

– Yo jamás traté de hacerte daño -dijo con toda la tranquilidad que pudo reunir cuando lo único que quería hacer era salir corriendo. Aquello no era justo-. Cuando me gustabas, trataba de impedir que salieras con tus novias pero nunca le hice daño a nadie.



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