
– Te tumbaste delante de mi coche y me suplicaste que te atropellara.
El rubor le cubrió inmediatamente las mejillas. ¿Por qué no podía nadie dejar tranquilo el pasado? ¿Por qué tenían que diseccionarse en público todos los humillantes detalles de su vida?
– Eso tenía que ver con el dolor que yo sentía, no con hacerte daño a ti -contestó. Respiró profundamente. Se recordó que tenía que tener pensamientos positivos. Y un par de antiácidos. Eso era lo único que necesitaba-. Siento haberte molestado. Siento que mi hermana me convenciera para venir aquí. Sabía que sería una mala idea. No volverá a ocurrir. Sean cuales sean los problemas que ella tiene con Zeke, no pienso meterme. Jamás.
– ¿De qué problemas estás hablando?
– Es algo personal.
– Mira, niña, desde el momento en el que empezaste a tomar fotografías a través de mi ventana es también asunto mío.
Tenía razón.
– Zeke se ha estado comportando de un modo muy extraño. Sale por la noche hasta muy tarde, no quiere hablar… Dice que está ocupado con tu campaña todo el tiempo, pero Alexis cree que está teniendo una aventura.
Riley soltó una maldición y volvió a agarrarla Del brazo.
– Muy bien. Vamos.
– Suéltame,
Riley no la soltó. Empezó a andar y a arrastrarla con él.
– ¿Adónde vamos? -preguntó ella.
– Dentro. Tenemos que hablar. Si mi jefe de campaña está engañando a su esposa, quiero saberlo todo.
– Yo no creo que sea así. No me parece esa clase de persona. ¿A qué hora terminó la reunión que tenías esta noche con él?
Riley se detuvo en seco en el porche. La luz de la lámpara que allí había le iluminaba sus perfectos rasgos, ojos oscuros, pómulos marcados y la clase de boca que hacía que las mujeres normalmente razonables quisieran hacer algo realmente pecaminoso. Seguía llevando un pendiente, pero un diamante había reemplazado al aro de oro que Gracie recordaba tan bien.
