– No teníamos una reunión esta noche – dijo-. Llevo tres días sin ver a Zeke.

El dolor de estómago empeoró. Gracie se soltó de Riley y se frotó la tripa.

– Eso no puede significar nada bueno.

– Eso precisamente es lo que me parece a mí. Entra. Quiero que me lo expliques desde el principio y que me digas todo lo que sabes sobre Zeke y esta supuesta aventura.

– En primer lugar, no sé si tal aventura es real. Alexis podría estar exagerando.

– ¿Suele hacerlo? -preguntó Riley, mientras abría la puerta principal y le indicaba que entrara a la casa.

– Creo que no. Puede ser. Yo vivo en Los Ángeles. No paso mucho tiempo con ella.

Gracie entró en la casa y se detuvo en seco. El vestíbulo era enorme. Muy hermoso y antiguo, con techos muy altos, y unos muebles tan bonitos y antiguos como para monopolizar una revista de antigüedades al completo.

– Vaya, es precioso. Creo que mi casa entera entraría en este vestíbulo.

– Sí, es muy grande. La biblioteca está por aquí.

Una vez más, Riley la agarró por el brazo y tiró de ella. Gracie pudo vislumbrar de pasada un elegante comedor y un salón antes de que él la metiera en la biblioteca. Allí la soltó y se dirigió a bandeja de los licores para servir dos copas de lo que parecía whisky. Gracie dejó su Polaroid.

– Déjame que te diga para que conste que yo… -dijo frotándose de nuevo el brazo. No recuerdo que antes maltrataras a las mujeres.

– No confío en ti -replicó él, entregándole la copa.

– Todo eso ocurrió hace catorce años, Riley. Debes dejar atrás el pasado.

– Yo estaba muy contento hasta que tú te has vuelto a presentar aquí. Me torturaste durante dos años. Escribieron sobre ello en los periódicos. Las crónicas de Gracie, lo llamaban…

– Sí, bueno, eso no fue culpa mía. ¿Podemos hablar de algo más relevante? ¿De Zeke?

– ¿Por qué cree Alexis que está teniendo una ventura?



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