– No lo sé. Llega tarde a casa y no le dice dónde ha estado.

¿Cuánto tiempo lleva ocurriendo eso?

– Unas seis semanas. Al principió, ella se imaginó que de verdad estaba trabajando en tu campaña, pero empezó a llegar cada vez más tarde y cuando no le decía nada de lo que estaba haciendo… ¿Por qué te vas a presentar a alcalde? No me pareces el prototipo del político.

Riley no hizo caso de la pregunta y le señaló la copa.

– ¿Prefieres otra cosa?

Gracie olió el vaso y lo dejó sobre la presa.

– No, está bien. Simplemente es que el estrés me afecta mucho al estómago -dijo. Se sacó un paquete de antiácidos del bolsillo y se echó un par de ellos a la boca -. Es una habitación muy bonita.

Riley vio que ella estaba mirando las enormes estanterías repletas de libros. No se molestó en decirle que aquella era una de las pocas habitaciones en las que se sentía cómodo dentro de aquella enorme casa.

– Háblame de Zeke.

– Háblame tú -replicó ella, sentándose sobre el sofá de cuero que había frente a la chimenea-. Es tu jefe de campaña. ¿Está teniendo una aventura?

– No tengo ni la menor idea -afirmó Riley, apoyándose contra el escritorio-. No hace más que hablar de Alexis. Yo diría que la adora.

– Sin embargo, vuestras reuniones no duran hasta las tres de la mañana.

– Me presento a alcalde, no a presidente -comentó Riley con una sonrisa.

– Sí, eso es lo que me había parecido. Bueno, supongo que tendré que decirle a Alexis que no estaba aquí. No le va a gustar.

A Riley tampoco le gustaba. Sólo faltaban cinco semanas para las elecciones y no se podía permitir un escándalo, y mucho menos cuando por fin estaba haciendo progresos con los ciudadanos de Los Lobos. Se sentó y tiró de la fotografía que aún estaba colgando de la cámara. Después de quitar la capa protectora, observó la instantánea. Mostraba techo de la biblioteca y unas cuantas estanterías. Nada más.



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