
– No se te da muy bien -le dijo a Gracie.
– Ni quiero -replicó ella-. A pesar de lo que pienses de mí no me he educado para ser espía o acosadora profesional. Me gano la vida haciendo pasteles de boda,
Gracie se sentía enojada e indignada, pero también algo avergonzada. El rubor le teñía las rejillas y el labio inferior le temblaba ligeramente. Se había hecho una mujer, pero, en lo básico, seguía siendo la misma. Los mismos enormes ajos azules, el largo cabello rubro y un aire de determinación que, en el pasado, había aterrorizado Riley.
– Lo siento -dijo ella-. Siento esto y todo lo demás. Ya sabes, lo de antes.
– ¿Estamos hablando de los polvos pica-pica que me echaste en los calzoncillos?
– Sí, bueno… Mirándolo bien, no me puedo creer lo que te hice. Fue horrible.
– La gente de por aquí aún sigue hablando al respecto.
– Ni que lo digas. Todo el mundo consigue dejar atrás el pasado, pero yo no. No. Yo me he convertido en una leyenda. Tengo que decir que es una verdadera lata.
– De hecho, tienes que reconocer que eras muy creativa.
– Era más bien una amenaza. Sólo quería… -dijo. Se volvió a sonrojar-. Bueno, los dos sabemos lo que quería.
– ¿Sales con muchos hombres ahora?
– Con algunos, pero tengo cuidado de no traerlos aquí.
– No quieres que se enteren de aquella vez que me metiste una mofeta en el coche y la dejaste allí encerrada durante un par de labras, ¿verdad?
– Te acordarás que yo te pagué la limpieza del coche.
– Mi coche jamás volvió a ser el mismo. Tuve que venderlo. En una subasta -comentó Riley, levantando su copa-. Estabas empeñada en que Pam y yo rompiéramos -añadió. Basándose en lo que había ocurrido, tal vez debería haberle hecho caso.
– Bueno, ¿qué vamos a hacer ahora? -preguntó ella, cambiando de tema.
– Me comprometo a descubrir qué está tramando Zeke. En estos momentos no necesito ningún problema. ¿Puedes conseguir que tu hermana se contenga un poco hasta que yo tenga información más concreta? Me lo debes -concluyó al ver que Gracie dudaba.
