
– ¿No te vale con que mire por la ventana y te diga lo que veo?
– Quiero pruebas.
Lo que Gracie quería era estar lejos, muy lejos de allí, pero reconoció la testaruda expresión que Alexis tenía en el rostro. Aunque hubiera estado dispuesta a darle la espalda a su hermana, no podía hacerlo. Era mucho mejor limitarse a tomar las fotografías que seguir allí discutiendo con ella.
– Prepárate -le dijo Gracie, mientras seguía avanzando.
Los arbustos que había alrededor del edificio eran mucho más espesos de lo que parecían en un principio. Le arañaban los antebrazos desnudos y le tiraban de los pantalones. Lo peor era que la ventana de la biblioteca estaba mucho más alta de lo que era ella, lo que significaba que tendría que sujetar la cámara por encima de la cabeza y tomar la fotografía sin estar segura de lo que estaba pasando en su interior ni de quién había dentro. Sería una mala suerte que ella tomara la fotografía justo cuando alguien se asomaba a la ventana.
– Allá vamos -musitó mientras se ponía de puntillas y apretaba el botón rojo.
Una luz blanca y brillante iluminó la noche. Inmediatamente, Gracie se dejó caer de rodillas y lanzó una maldición. ¡El flash! ¿Cómo se le había podido olvidar el flash?
– Porque utilizo la cámara para tomar fotos de pasteles de boda y no para espiar a la gente-, musitó mientras se ponía de pie y echaba a correr hacia el coche.
No se veía a Alexis por ninguna parte. Gracie tampoco sabía si le había sacado una foto a algo en concreto. No importaba. Sólo quería salir de allí antes de que…
– ¡Alto!
Como la orden se vio acompañada de algo duro y muy parecido a una pistola que se le colocó entre los omóplatos Gracie obedeció inmediatamente.
– ¿Qué diablos está haciendo? Si estaba tratando de robar, es usted una ladrona muy mala. ¿A quién se le ocurre anunciar su presencia con un fogonazo?
