Lo cual era cierto. Era fácil encontrar un rinconcito en el que echarse a dormir fuera de la vista, y acostarse era una rutina sencilla consistente en extender la manta y tenderse, sin lavarse ni cepillarse, vestida. Los únicos problemas que había encontrado en la oscuridad eran los mosquitos y las garrapatas.

—Puedes dormir en el granero. Salir mañana temprano —haciéndose sombra con la mano, la mujer miró camino abajo por donde los patrulleros habían desaparecido hacía un rato—. No te cobraría por eso, niña.

Su sincera preocupación por el bienestar de Fawn se reflejaba claramente en su cara. Fawn estaba dividida entre una cólera injusta y el deseo de estallar en llanto, dos bultos incómodos en su estómago y su garganta. No tengo doce años, mujer. Pensó en decir eso, y más cosas. Tenía que empezar a practicarlo antes o después: Tengo veinte años. Soy viuda. Las frases aún no acudían fácilmente a sus labios.

Aun así… la oferta de la granjera le cautivaba la mente. Quedarse un día, hacer un trabajo o dos o seis y mostrar lo útil que podía ser, quedarse otro día, y otro… Los granjeros siempre necesitaban más gente, y Fawn sabía cómo mantenerse ocupada. Lo primero que planeaba al llegar a Glassforge era buscar trabajo. Aquí había mucho trabajo, tareas familiares, no extrañas e intimidantes.

Pero Glassforge había sido el objetivo en su imaginación durante semanas. Detenerse antes parecía como rendirse. Y una ciudad le ofrecería más intimidad, ¿no? No necesariamente, se dio cuenta con un suspiro. Dondequiera que fuera, la gente acabaría conociéndola antes o después. Quizá todo era igual, quizá realmente no había nuevos horizontes en ningún sitio.

Reunió su desfalleciente determinación.

—Gracias, pero me esperan. Se preocuparán si llego tarde.

La mujer sacudió la cabeza, a la vez aceptando el argumento y como despedida.

—Ten cuidado, entonces —volvió a su casa y a su avalancha de tareas, deberes que probablemente la mantenían ocupada desde antes del alba hasta el ocaso.



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